Battistotti

 

Cuando mi hija mayor -Juana- empezó Jardín de cuatro sentí que la perdía; que su quehacer diario, su día a día, se alejaba de mi vida.

Al regresar del trabajo, por la tardecita o por la noche, estábamos lejos de ese mediodía donde ella había salido de la escuela. Sus vivencias eran ya remotas o se habían esfumado. Le preguntaba cómo le había ido en el jardín y su contestación era un amable “bien”.

Busqué otros métodos, otras preguntas (la consulta por la maestra, por ejemplo, sólo funcionó el primer día), pero el fracaso y la respuesta piadosa eran siempre los mismos.

Eso duró hasta que entró en nuestras vidas Battistotti, una noche que regresé, sin ganas de preguntar nada a nadie, de la Facultad.

Juana me vio cansado, se compadeció de mí, se sentó en mi cama mientras me sacaba la corbata y me preguntó: ¿cómo se llama tu mejor alumno? Battistotti, le contesté sin dudar, pensando en el chico que sobresalía, por lejos, del curso. Ella repreguntó: – ¿el nombre es Battistotti?. – No, el apellido. El nombre no lo recuerdo, le dije. Me miró seria: – ¿Es muy loco?. -Muy, le contesté. Ella me dio un beso en la frente y me dijo: -Ok, contame algo del loco de Battistotti.

Esa noche, recordé a mi profesora de teatro de la adolescencia y obtuve la clave para ser parte de la vida escolar de mi hija: debía entrar a la obra desde el personaje, como lo hizo ella.

La imité, entonces, y empezó el intercambio. Si yo le contaba anécdotas de Battistotti, ella me contaba historias de sus compañeros y a través de esos relatos podía saber cómo le había ido, cuáles fueron sus alegrías, sus miedos, qué aprendía, qué añoraba.

El problema era que Battistotti no generaba anécdotas… En primer lugar lo veía sólo una vez por semana. Era un alumno en un aula de setenta. Hacía lo mismo que la mayoría, tomaba apuntes y hacía alguna pregunta.

Pero Juana me preguntaba todos los días por él. Si yo no le contaba nada, no se iniciaba el diálogo, no había nada con qué comparar y el Jardín de cuatro volvía a ser inaccesible para mí.

Lo aprendido en teatro volvió a salir en mi ayuda. En esas clases, para escribir guiones o adaptaciones construíamos los personajes según el famoso método Stanislavski (o lo que recuerdo de él). Primero, lo pensábamos físicamente. A partir de personas que conocíamos, le íbamos dando vida a su apariencia. Después, lo dejábamos actuar en nuestra imaginación. Lo hacíamos hablar, como hacen los niños con los muñecos; le pensábamos una voz. A partir de esos gestos exteriores, de sus reacciones, imaginábamos su pasado y sus afectos.

Battistotti era demasiado buen alumno y extremadamente formal. Su apariencia era amable y seria, así que, de él, sólo me servía su apellido (cuya sonoridad a mis hijas les encantaba). Entonces, imaginé a otro chico, uno con el pelo rubio desgreñado, de apariencia descuidada, de conductas alocadas, modales bruscos y gran corazón.

Comencé a pensarlo con contestaciones desubicadas en clase, o conductas impropias. Mi nuevo Battistotti se paraba en mitad de la clase, por ejemplo y preguntaba. Si la respuesta mía -su profesor- no le gustaba, se retiraba de la clase haciendo grandes ademanes. Algunas veces se olvidaba de cerrar el cierre de su pantalón (eso la hacía morir de risa a mi hija menor, Feli) o se dormía en clase, o preguntaba por ellas.

Mi personaje inventado duró más de siete años. En el último tiempo, ambas sabían que era un personaje ficticio, pero les encantaba escuchar y crear las historias. Lo justificaban, pensaban como él, explicaban sus emociones, desarrollaban su memoria afectiva. Lo terminaron de formar, de moldear.

Después de sus anécdotas siempre venían las de ellas, a partir de alguna amiga o maestra que ocupaba esa semana el centro de su atención.

El verdadero Battistotti egresó al poco tiempo (mis clases fueron en el último año de su carrera); lo vi en las redes sociales ganando premios, haciendo postgrados en el exterior, dando clases… Un día, fue a escuchar una presentación del libro de un amigo que hice en la Feria del Libro.

Esa tarde, le conté la admiración y el amor que mis hijas tenían por su alter ego. Le pedí perdón por usar su apellido y, especialmente, por la última parte de la historia que es la siguiente…

Hace unos años, cuando llegó nuestro primer perro a casa, que era chiquito, medio rubión, torpe y con el pelaje desgreñado mis hijas lo miraron y dijeron al unísono: ¡se va a llamar Battistotti!.

 

Gregorio Santopoco

gregorio.santopoco@gmail.com