¿Cómo convivir con hijos preadolescentes?

Si tenés hijos alrededor de los nueve años de edad te tenemos una noticia: puede que ya estén entrando en la adolescencia

Por Andrea López Aguerriberry

Luca está jugando con la Play Station. Su mamá quiere que haga la tarea, lo reta porque no le hace caso, y cuando lo hace, él se enoja y se encierra en su habitación. La mamá no sabe cómo reaccionar, y encima, ¡él sólo tiene 9 años!
En #EsdeMamá consultamos a la Licenciada Natalia Guerendiain, psicóloga con especialización en clínica de niños y adolescentes, para que nos oriente sobre la pre-adolescencia y en qué forma debemos comportarnos como padres para acompañarlos y educarlos en esta etapa.

¿A qué edad empieza la pre-adolescencia?

La preadolescencia, al igual que la adolescencia, se ha adelantado, y hoy comienza a una edad temprana. Antes la adolescencia empezaba a los 13, hoy a los 12 (y se alargó hasta los 25). Y la preadolescencia comprendía de los 11 a los 13, pero hoy hay niños que a los 9 ya entran en esa etapa.

La adolescencia comienza con la llegada de la pubertad, que es el conjunto de cambios físicos que incluyen el desarrollo de los órganos sexuales primarios y caracteres sexuales secundarios como el bello, el cambio en la voz. Estos cambios físicos se acompañan de cambios psíquicos y sociales. La preadolescencia sería el preámbulo de esta etapa, y se caracteriza por actitudes e intereses propios del adolecente mezclados con los del niño que va quedando atrás. Les gusta un compañerito de clase, se quieren vestir como grandes, empiezan con los bailes en los cumpleaños, exigen tener un celular para estar conectados, pero en otro momento siguen jugando con muñecas, piden pasarse a la cama de los padres porque tuvieron una pesadilla, o necesitan ayuda para todo. Es un ir y venir constante, están ensayando.

¿Por qué los chicos viven todo como un drama?

En la preadolescencia, los chicos empiezan a experimentar ciertos cambios físicos y hormonales. También, hoy en día, están expuestos a situaciones y experiencias que los exceden porque no saben cómo elaborarlas: la moda que les ofrece vestimenta para personas mayores, las redes sociales que los exponen al mundo entero, los programas de televisión que los enfrentan a experiencias de adultos, la mayor participación que tienen opinando en su familia y en su escuela. Todo esto conlleva a cierta inestabilidad emocional que no saben manejar, y a la que los padres no saben muy bien cómo responder.

Los adultos solemos educar a los niños en muchas cosas, pero en general invertimos poco tiempo en educación emocional, sobre todo porque en general carecemos de las herramientas para hacerlo. Nadie nos enseñó cómo hacerlo.

¿Cómo reaccionar antes sus actitudes?

Los adultos deberíamos ser el modelo a seguir de los niños. Si cuando ellos gritan y pierden la paciencia, nosotros hacemos lo mismo, es muy difícil controlar la situación y marcarles el error.

Es importante que durante la crianza invirtamos tiempo en enseñarle a los chicos cómo calmarse (respirar hondo, alejarse a un lugar tranquilo hasta estar más calmo) y cómo conversar y expresarse cuando están molestos. Y que esta enseñanza se repita una y otra vez en la práctica.

Cuando un chico grita y cierra la puerta con un golpe, el adulto debería mantener la calma y recordarle que esa no es la forma adecuada de manejarse. Decirle que esperará a que se calme para conversar tranquilos acerca de qué fue lo que le molestó, y cómo solucionarlo o buscar llegar a un acuerdo. Este tipo de reacciones del adulto, le enseñan al niño con el ejemplo, cómo manejarse. Por supuesto, cuando el niño se acerque a hablar, el adulto deberá mantener una actitud respetuosa, escucharlo, tomar en cuenta lo que dice, y demostrarle que esta forma de comunicarse es mejor que gritar y golpear puertas.

¿Qué tipos de penitencia son las adecuadas?

Cuando criamos a los chicos con castigos, aprenden a hacer o no hacer las cosas para evitar el castigo, y no porque estén convencidos de lo que está bien y mal. El mal comportamiento se detiene en ese momento debido al castigo, pero genera resentimiento (¡es injusto!), rebeldía (voy a hacer lo que yo quiera), necesidad de buscar revancha (¡ya van a ver!), retraimiento o sobreadaptación (hago todo bien para que me quieran). Y en general, ese mal comportamiento se vuelve a repetir más tarde, y pareciera que los niños no han aprendido nada.

La cooperación basada en el respeto mutuo y la responsabilidad compartida es más efectiva que el control autoritario. Cuando se usa el control excesivo, los niños dependen de un sitio externo de control. Los adultos tienen que atrapar a los niños siendo “malos” o equivocándose para castigarlos. ¿Qué pasa cuando el adulto no está presente? Los niños no aprendieron a ser responsables de su propia conducta.

Involucrar a los chicos en el establecimiento de las normas de casa, ayuda a que las respeten y las sostengan. Cuando los niños rompen alguna norma, o cometen un error, lo mejor que podemos hacer es tomarlo como una oportunidad para aprender. La mejor manera de aprender es intentar buscar una solución que repare lo que sucedió o por lo menos compensar lo que se vio perjudicado.

De esa manera el niño se siente mejor que con un castigo, se siente respetado, siente que puede reparar sus errores, se siente importante, siente que puede contribuir a mejorar las cosas. Sentirse mejor con uno mismo cuando uno contribuye de manera positiva a una situación, genera más ganas de seguir comportándose así, porque es fuente de bienestar.

Experta consultada:
Lic. Natalia Guerendiain. Psicóloga (UBA) con especialización en clínica de niños y adolescentes. Facilitadora de Disciplina Positiva de Padres y Docentes (avalada por la Positive Discipline Association). Trabaja en Asesoramiento en Crianza, psicoterapia para niños y adolescentes, brinda talleres de Disciplina Positiva para padres y docentes, y trabaja en un colegio como docente de convivencia.

Instagram: @licnatigueren

Web: www.nataliaguerendiain.com

Facebook: Psicología, Crianza y Educación