Cuándo dejar que los chicos corran riesgos

 

Por Melisa Knobel Janauskas

 

Cuando llevo a mi hijo de 2 años y medio a jugar en plazas o parques, es frecuente que dos situaciones me llamen la atención: la primera es la excesiva supervisión e interferencia de padres en los juegos de sus hijos, con la intención de controlar o impedir algún tipo de juego que viene siendo desarrollado por el niño. Situación que habla de padres que quieren mantener a sus hijos lo más lejano posible de riesgos. La segunda, es justamente el opuesto, la falta de supervisión e interferencia. Creo que estas situaciones me llaman la atención porque como madre, me hacen pensar y cuestionar mis acciones e intervenciones con mi hijo.

 

Si veo interferencias que yo no haría, porque me parecen exageradas, pienso: “¿Será que a veces soy imprudente con mi hijo?” ; O entonces, cuando no veo intervenciones, “¿será que doy poca libertad a mi hijo, que debería dejarlo arriesgarse más sin tanto entrometerme?”

 

Actualmente se realizan estudios sobre este tema y apuntan a una gama de beneficios en el desarrollo de los niños cuando ellos tienen la oportunidad de arriesgarse más. De esta manera, actividades como subir a los árboles, saltar, correr, escalar, explorar la naturaleza y otras que contengan “pequeños” riesgos, deberían ser permitidas e incentivadas por los padres.

 

Si hacemos un paralelismo para entender de qué tipo de beneficios estamos hablando, pensemos que, como adultos, en las circunstancias en las que más nos arriesgamos son aquellos momentos donde tomamos decisiones. Muchas veces estas situaciones nos hacen salir de nuestra zona de confort, nos llevan a una posibilidad de conocer, de intentar algo nuevo. Con nuestros hijos, a pesar de que nos estemos refiriendo a algo más físico porque es una etapa en la que ellos son más cuerpo que mente, no es muy diferente.

 

Cuando los niños están en un ambiente al aire libre, con naturaleza, suelen encontrar diferentes formas de interactuar y explorar lo que hay alrededor. Crean juegos, trabajan con la coordinación motora, se sociabilizan más libremente. Nada de esto es necesariamente natural y fácil.

 

Veo a mi hijo, por ejemplo, cuando intenta una nueva interacción entre algo del ambiente y su cuerpo, como se pone inseguro de alguna manera. A veces se siente listo para arriesgarse, otras no. A veces logra algo, otras no, y con la experiencia aprende sobre sus límites, lo que él y su cuerpo ya consiguen o no hacer. Cuando logra gana confianza, y muchas veces cuando no logra, intenta una y otra vez, mostrando resiliencia. En ocasiones que se lastima, en general se pone más inseguro, pero casi siempre después de algún tiempo vuelve a intentar el desafío.

 

Coordinación motora refinada, mejor socialización, resiliencia, autoconfianza, mejor posibilidad de evaluación de situaciones de riesgos (una vez que se le da la oportunidad de probar algunas cosas, ellos mismos empiezan a aprender a evaluar lo que puede ser peligroso sin que alguien se lo tenga que decir), son todos  aspectos que tienen influencia en el desarrollo de la autonomía y de la seguridad personal que cada uno desenvuelve.

 

Como padres, me parece que podría ser positivo tener esto en mente. No se trata de no intervenir, pero sí de elegir cuáles son las situaciones donde nuestra interferencia es realmente necesaria. Me parece que un camino posible seria preguntarnos cuál es la probabilidad de lastimarse que tiene mi hijo o hija cuando realiza determinada actividad, y también qué consecuencia tendría esto en su vida. Nuestros hijos pueden y deben lidiar con una rodilla raspada o con una lesión de tobillo. Entonces nosotros también deberíamos poder.

 

Meli es psicóloga, en la búsqueda constante de aprender sobre temáticas relacionadas a la maternidad y psicología. Es brasileña, vive en Buenos Aires y es mamá de Yonathan y Noa.