¿Cuándo intervenir en las peleas entre pares?

Todas hemos presenciado alguna escena en la que los niños, en medio del apacible juego, cambian su actitud repentinamente: la sonrisa se les borra y la frente se les frunce. Las peleas, discusiones y conflictos entre niños son habituales. Y el adulto a veces siente la necesidad de mediar antes de que el lindo momento se convierta en una pesadilla.

Por María Alejandra Rossi

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A menudo los chicos se pelean por el mismo objeto, tironean de un juguete que no están dispuestos a prestar o se enojan al no poder decidir juntos a qué juego jugar. En esos momentos, los adultos a cargo dudamos: no sabemos cómo actuar ni cómo ser lo más justos posible. La psicóloga Mercedes Malvestiti nos explica que todo esto es normal. El medio de comunicación de los niños es el juego. Así como los adultos podemos expresar mediante palabras lo que nos pasa, lo que sentimos y vivimos, ellos lo realizan mediante el juego. En el juego los chicos se divierten, exploran, elaboran situaciones, descargan, aprenden a relacionarse, a resolver conflictos. Es a través del juego que van creciendo, madurando y adquiriendo nuevas capacidades sociales y emocionales. En el juego, los celos, los sentimientos ambivalentes, las luchas de poder son normales y son una parte fundamental del proceso de la socialización. Nos corresponde a nosotros los padres enseñarles a resolver las peleas de manera armónica y pacífica. Esto lo vamos a lograr estando cerca y atentos (sensibles y disponibles) pero sin invadirlos.

 

¿Cuándo es importante intervenir?

Como adultos debemos comprender la magnitud de la pelea, muchas veces los niños resuelven solos las disputas sin necesidad de la participación de un adulto. Pero cuando aparecen situaciones de violencia física, verbal, llanto debemos intervenir siendo mediadores y ayudar en la resolución del conflicto. Lo primero que tenemos que lograr es que el niño que está muy enojado o llorando se calme. Esto lo vamos a lograr mediante la contención física y la aceptación y puesta en palabras de sus emociones: “Juan, entiendo que estás muy enojado porque José te saco el juguete…” Así, habilitamos la emoción, pudiendo comprenderlos, sin descalificar lo que sienten y nombrando todo ese cúmulo de emociones que a ellos los desborda. Una vez que se calma le explicamos las consecuencias de sus actos y buscamos una solución al conflicto pensando en alternativas juntos. Buscamos aumentar también el autoconocimiento para que pueda comprender lo que le pasa y el día de mañana aprenda a controlar y gestionar sus emociones.

Además, a través de la comprensión de su mundo interno, o sea de sus emociones, les estamos enseñando la empatía, que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de poder pensar lo que le pasa al otro, lo que siente. Esta capacidad va a ser fundamental para que luego los niños puedan resolver conflictos sin intervención de un adulto. Se lo enseñamos gracias a que nosotros podemos ponernos en su lugar y somos modelos de dicha capacidad. Igualmente, hay que tener en cuenta que esta capacidad se adquiere recién alrededor de los 4 años y por lo tanto no podemos esperarla de niños menores, aunque la pongamos en práctica desde que son muy chiquitos.

 

¿Qué ocurre cuando se pelean niños de distintas edades?

Cuando la pelea se da en niños de diferentes edades es importante mantener el mismo criterio. Primero observar si es necesario intervenir, porque muchas veces el más pequeño se aleja del conflicto o logran solucionarlo. En el caso que sea el mayor que molesta al menor y el conflicto no se resuelve, debemos intervenir como mediadores y no como árbitros. Esto significa que hay que evitar juzgar o poner etiquetas a conductas que no son generales sino puntuales. Lo correcto es actuar primero cuidando la seguridad del menor y después comprendiendo al mayor, indagando los motivos que tuvo para molestarlo, puede ser por celos por ejemplo. Lo ponemos en palabras e intentamos que reflexione sobre las consecuencias de sus actos y que busque alternativas a dicho conflicto.

 

Cuando compartir es un problema

El tema del compartir es un gran tema. A compartir se aprende y en la vida todos compartimos cosas. Malvestiti cree, desde su experiencia, que a compartir se aprende no compartiendo. Es entendible que un nene de 4 no quiera compartir su juguete nuevo como a nosotros los adultos nos costaría prestar el auto nuevo antes de estrenarlo. Por lo tanto, lo que recomienda siempre es que si el juguete es suyo y no quiere compartirlo que no lo lleve a la plaza o si invita un amiguito que lo guarde. Entonces antes que llegue su amigo eligen con su mamá qué juguetes va a compartir y cuáles prefiere guardar. Socialmente está sobrevalorado que los niños sepan compartir pero obligarlos sería no poder ponernos en sus zapatos. Por lo general, a medida que crecen  les va costando menos compartir porque tienen cada vez mayor seguridad interna. Obviamente  hay situaciones que hacen que los padres estén menos disponibles y sensibles, como el nacimiento de un hermano, mudanzas, duelos de los padres o separaciones, y pueden llevar a que los niños tengan regresiones en diferentes aspectos y les puede costar más compartir sus cosas. Es importante tener en cuenta estas variables y entender al niño.

A veces, los adultos usamos el castigo y la amenaza como método para modificar conductas. Por ejemplo, cuando les decimos “Si no prestás este juguete, no invitamos más a José a jugar”, o “Como te peleaste por esto, ahora te quedás sin esta otra cosa”. Las amenazas no son un buen recurso para lograr que compartan porque lo van a hacer por el miedo y no por el placer de aprender a compartir, que de a poco lo van a ir logrando. De la misma manera, el castigo impone, pero no enseña. Si queremos que el chico aprenda a resolver conflictos de manera pacífica, no podemos mostrarle que los problemas se solucionan autoritariamente, sino ser su ejemplo y demostrar que juntos podemos resolverlo.

 

Experta consultada: Mercedes Malvestiti, Licenciada en Psicología, mercedesmalvestiti@gmail.com, 15-4989-5802