Cuando malcriás a un hijo, te perdés de conocerlo mejor

Por Ana Paula Queija

Una de mis mejores amigas me anunció ayer que va a ser mamá por primera vez. Después de varios meses de búsqueda, llegué a aprenderme sus fechas de ovulación y por supuesto de menstruación. Ya no necesitaba usar la app porque me tenía a mí. Suena exagerado, pero es que pienso en la llegada de estos bebitos tan cercanos y me meto en una especie de túnel de fascinación. Lo logró, va tres días pero sé que va a seguir así de bien. Recién intercambiábamos mensajes de WhatsApp eternos, de esos que cada tanto nos capturan haciendo teorías de la vida que nos salen incluso mejor por escrito, cada una con su mate desde su casa –a pesar de que vivimos a cinco cuadras-, y pensaba en las enseñanzas que nos traen los hijos. Son como grandes maestritos espirituales, especialmente los primeros, en su estreno absoluto de todo nuestro corazón y cerebro como mamás. Ellos llegan a mostrarnos que hay otra forma de vivir, de reaccionar, de relacionarnos. Nos conectan con la simpleza de la vida, con la naturaleza, la risa fácil, incluso con el llanto en el momento justo. Nos devuelven la capacidad de sorprendernos, que no es poco, y también de resistir aún más de lo que creíamos posible. A ellos queremos sacarles una foto cada tres minutos porque cambian tanto que no podemos dejarlo pasar, y eso mismo se traduce en la vida, que mágicamente cobra un nuevo sentido de finitud, mostrándonos de un saque, que todo pasa.

En este viaje en el que nos inician, creo que vale la pena escucharlos y descubrirlos, aunque esto implique la difícil tarea de no adelantarnos a sus necesidades ni satisfacer sus deseos en modo automático; resignar nuestra ambición de que los hijos tengan todo, se diviertan mucho, y sean los niños más felices, a cambio de abrir los sentidos para verlos y sentirlos más.

Cuando mi hija mayor me dice con su expresión más tierna, y todavía ceceando “quiero este vestido de princesa para ser más linda”, me dan ganas de correr a comprárselo, pero quizás una charla acerca de por qué cree que con un vestido va a ser más linda, si ella es hermosa tal cual es, sea mejor. Últimamente vengo medio abrumada con la dictadura de los cumpleaños infantiles en un salón – con candy bar – maquilladora – torta temática – pelotero – globo de helio (¡qué caros son!), entonces freno y me pregunto si para ella sería el mejor festejo, o si por ser una nena que cuando hay mucha gente quiere huir, acaso no sería más disfrutable otro plan.

Ambos son esfuerzos, porque ya sabemos que es más fácil dar los gustos, ¿no? Estoy segura de que todas tenemos ejemplos de estas batallas, y cuestan mucho pero es lo que me propongo experimentar -aunque me equivoque-, y es lo que quise transmitirle a mi amiga en esa charla, nuestra primera de mamá a mamá. Cuando decimos que sí a todo, y los llenamos de juguetes, de alguna forma nublamos su esencia y nos perdemos de escuchar lo que verdaderamente tienen para decir. Cuando buscamos que no se aburran ni un minuto, los llenamos de planes y de gente, no les damos tiempo para expresar sus preguntas más profundas, sus dudas y sus aprendizajes. Mi marido insiste en ver quiénes son nuestras hijas, antes de correr a cumplirles los deseos en esa sed de hacerlas felices. Y si bien a veces me enojo con él por resultarme demasiado “firme”, en mis 3 años y 10 meses como mamá, me fui dando cuenta de que en algo tenía razón: si malcrío, me pierdo de escucharlas, de conocer sus facetas más profundas, de guiarlas y también de esas enseñanzas que ellas tienen para mí. Porque es en la complejidad donde aparece la simpleza, en sus enojos donde aprenden a conocerse, y en los límites donde encuentran resguardo.