El segundo

Por Ana Paula Queija

Mi hija de dos años recién cumplidos todavía no arma oraciones, pero canta “Libre soy” vestida de Ana de Frozen. Ana es la hermana de Elsa, la princesa menor, la que no quieren ser las primeras hijas, la princesa secundaria.

Mi hija mayor tiene cuatro y es bastante histriónica. Ella vive en una telenovela, de repente te habla y vos tenés que darte cuenta de que es uno de los tres chanchitos pidiendo auxilio, y al rato es la sirenita Ariel dudando si convertirse en humana o continuar en el mar. Cuando está cariñosa con la hermana, la invita informalmente a reproducir escenas de su película de cabecera, Frozen, y la chiquita de a poco aprendió a seguírsela. La espera en la puerta de la habitación, mientras la grande le dice desde adentro: “no podemos estar juntas, Ana, tengo miedo de congelarte”, y después cuando sale, le muestra las esculturas de hielo que construyó para su cumpleaños (de ficción), y la menor dice “guauuu”. La chiquita responde como puede, desde atrás de su chupete, y se pone contenta por estar siendo parte de ese juego de roles.

La verdad es que todos en esta casa intentamos un poco que la vida de la mayor responda a su sueño de princesas. No es que carezca de límites (les aseguro que es una nena educada), pero su vida tiene esos pequeños detalles en los que nos ponemos presión para que acompañen sus deseos porque al ser la primera, tenemos la energía. La semana pasada fue su cumpleaños y me ofrecí con las mamás de agosto, a llevar una torta para los cuatro cumpleañeros del mes. Mi objetivo era que mi hija apagara la velita el mismo día de su cumple, entonces me propuse como candidata para preparar la torta del mes -a pesar de no saber hacer ni un bizcochuelo Exquisita- y a decorarla con el personaje de cada chico.

Se la encargué a mi mamá, pero la mañana del 16 amaneció engripadísima, entonces delegó la tarea en mi abuela de 88 años, que es una cocinera muy genia, pero se puso nerviosa y se le quemó. La pasé a buscar por su casa 15 minutos antes de la entrada al colegio, y cuando subió al auto le sentí un poco de olor a humo, pero como no me dijo nada, seguimos. Cuando llegamos a la puerta, juntas sacamos la torta de la bolsa, para ponerle la decoración y PUM, la decepción: estaba totalmente carbonizada. “No te preocupes, los chicos no comen”, me dijo mi abuelita. Yo sabía que era la única merienda que tenían porque así funciona en la sala de mi hija, y me bajé igual del auto con la torta quemada y el corazón llorando. Una de las madres de agosto trataba de mirar a través de la bolsa, y yo giraba el cuerpo para que su vista no alcanzara mi paquete. La dejé a Domi con su torta, la llevé a mi abuela a su casa y me quebré. Me mató hacerla entrar con esa torta de cumpleaños. Entonces, empecé un rally por el barrio para conseguir un nuevo bizcochuelo –la única torta permitida por el colegio para que la sala no se convierta en un chiquero- y un nuevo adorno para cada chico. Tenía que conseguir un Hulk, un hombre araña, un escudo de river y una Elsa. Lo logré: a las dos horas había una nueva torta en la recepción del jardín. Me quedé contenta, aunque sentí que había sido todo un poco exagerado, y me pregunté si lo volvería a hacer.

Esta mañana observé a mis dos hijas con mayor detalle, y vi que cuando Domi –la mayor- levantaba un dedito diciendo “no”, Federica también lo levantaba atenta y tímidamente, repitiendo “o”, la última letra de la palabra. Antes de ser mamá, hubiera pensado “pobrecitos los segundos”, pero ahora creo que tener una amiga más grande que te enseñe y te entretenga las 24 horas, debe ser genial. También pienso en lo positivo de nacer segundo: cuando sos Ana entre las nenas y Robin entre los varones, tenés menos miradas puestas encima, y podés disfrutar más. En cambio, cuando todo el público te está mirando, un poco te perdés la posibilidad de saborear el momento, y creo que eso se replica –más tarde- en instancias de la vida, donde no es casual que los chiquitos suelan ser los más relajados. Creo que si me pasara lo de la torta con Fede, me iría al kiosko y compraría un alfajor para cada uno, y serían igual de felices.