Elegir colegio –y no morir en el intento-

Por Ana Paula Queija

Hoy a las 8.30 am elegí el jardín al que irá mi hija mayor a partir del lunes que viene. Estaba entre dos colegios, uno con muchísimos años, religioso, enorme y exigente; y el otro más nuevo, laico, chiquito y cálido. Después de un verano de dudas, de imaginarla entrando de mi mano a uno y al otro, de visualizarla con los amigos que hizo en sala de 2 (en el primer colegio) y con los nuevos, con el uniforme azul y con el verde, hoy logré frenar al cerebro y sentir algo. Fue tarde, porque el colegio nuevo había empezado ayer y ya había mandado un mail diciendo que liberábamos la vacante, pero cuando hablé por teléfono, me aclararon que podíamos llevar a mi hija hoy, de todas formas. “Desquiciada” me dijo mi hermano cuando le pregunté esta mañana cómo me había visto las últimas semanas. Él es mi mejor amigo, con quien muestro mis peores “yo” y no me importa porque sé que me quiere igual. Y la verdad es que tiene razón, estos últimos días me quería escapar de mi cabeza: pasaba de una elección a la otra como pasan las hojas de un libro cuando queda en la reposera en Mar del Plata. Me convencía de que no había otra escuela posible para nosotros en un momento, y a los cinco minutos, me invadía el pensamiento opuesto.
Jamás imaginé llegar a un punto tal de indecisión, aunque me convenzo de que llega ahí el que quiere, el que se deja arrastrar por palabras de otros, por opiniones bienintencionadas de la familia, experiencias de otros padres, y sobre todo, por pensamientos propios que a la larga no conducen a ningún puerto feliz. Hay que saber cuándo abrirle la puerta a la duda y hasta dónde. Hay que saber que pararse frente a dos opciones es un estado peligroso, circular y filoso. Si te pasás de la raya, cuesta mucho volver. Cuando uno desnuda tanto a las cosas, termina enfrentándose a aristas con las que es difícil lidiar. Es como si nos pusiéramos a analizar a nuestras parejas hasta el más mínimo detalle: a lo mejor terminaríamos dudando de si realmente es la persona para nosotras, ¿no? Ningún marido y ninguna institución son perfectos. Ese es mi aprendizaje, y desde hoy me propongo no volver a exponerme a una duda durante tanto tiempo, y dejarme guiar un poco más por mi intuición. Sentir.

También aprendí que cuando uno toma decisiones sobre los hijos es mucho más difícil que cuando lo hace sobre uno mismo. Si yo acepto un trabajo y después veo que no era para mí, me la banco y listo; si mis hijas viven una mala experiencia y fui la responsable de la decisión, me va a doler diez veces más. Por eso, todo este verano me prohibí sentir, censuré a mi intuición, creyendo que debía ser objetiva, que tenía que guiarme por datos duros o por testimonios válidos para elegir colegio, incluso cuando no los había porque cada familia hace su propio camino adentro de una escuela. Pero finalmente elegí con mi corazón. Mi hija va a ir a mi colegio de toda la vida y va a aprender a escribir sus primeras palabras, rodeada por las mismas paredes que lo hice yo. “Vos tenés tu historia, y tus hijas tienen la suya”, me dijeron por ahí, pero ¿qué problema hay con el deseo de que ellas transiten algo de lo que yo transité y donde fui feliz?
Aún me resulta difícil aceptar que no existe la institución perfecta para uno: que comparta los valores de la familia, que les enseñe inglés, que tenga buenos talleres de arte, deportes copados, que esté dentro del rango geográfico que estamos dispuestos a sortear, y que además sepa contener a los chicos si algún día llegan ahí con algún sufrimiento. Pero concluyo en lo mismo que pensé allá por 2013 cuando me preparaba para festejar mi primer año nuevo embarazada, y a las ocho de la noche, me encontré con que no tenía algo para estrenar, como había tenido en los años anteriores. “Voy a tener mala suerte”, pensé, y automáticamente me respondí: “No, esto es aprender a ser mamá, saber que las cosas ya no serán tal cual como una las quiere y poder ser feliz con eso”. Es lo que hay, y a veces –la mayoría- no está mal conformarse.

Elegimos el católico, y no porque seamos súper religiosos, sino porque sentimos que la bajada de valores que tiene la escuela les va a dar a nuestras hijas un marco de contención que nos gusta, y porque un colegio grande –indefectiblemente- tiene que tener reglas y disciplina, algo que me parece un bien preciado en esta época -con mamás como yo, que tienen que hacer un esfuerzo para poner límites- . Ahora mi desafío es hacer que –con lo que hay- tengan la vida más rica y linda posible. ¡Ah! Y como me aconsejó una psicóloga a la que admiro mucho: decorá lo que elegiste y minimizá lo que dejaste atrás.

 

 

Pauli es Licenciada en Comunicación social, trabaja como periodista en el suplemento Moda y Belleza de La nación y en revista Ohlalá, entre otros medios. 

Además, es asesora en comunicación institucional y ghostwriter. Es mamá de dos mujeres.