Miedos de Papá

Por Gregorio Santopoco

En la mitología griega, el Miedo tenía dos personificaciones principales: Fobos y Medusa.

Fobos era un monstruo de temibles dientes y ojos de fuego, parecido a un gran lobo. Representaba el horror. Quien se enfrentaba a su imagen sólo podía huir, correr desesperadamente.

Medusa, la reina de las gorgonas, era el otro monstruo que simbolizaba el terror. Su cabeza, en lugar de cabellos tenía serpientes. Producía en quienes la miraban la palidez, la quietud pétrea y la muerte.

Sin perjuicio del gran uso que hizo el psicoanálisis de estos mitos, la ciencia ha llegado hoy a una conclusión parecida. La sensación del miedo, que es básica e irracional, se localiza en la amígdala, en el cerebro reptiliano -que regula acciones para la supervivencia- y tiene dos efectos principales: la inmovilidad o la huida.

Como el miedo no se puede evitar, siempre me ha interesado saber cuál es la solución mitológica para combatirlo. Los ejemplos son muchísimos. Los héroes no se dejan vencer. No actúan obedeciendo al miedo. Pero tampoco lo ignoran… ¿Qué hacen? Lo transitan y transforman.

Si el miedo, entonces, resulta una reacción espontánea e irracional ante algo futuro e incierto que se presenta como un mal; transitarlo y transformarlo consiste en traer el futuro al presente, enfrentar ya, ahora, eso que aparece lejano e indefinido. Así, lo incierto pasa a ser cierto y, seguramente, no será tan horroroso.

La técnica suele ser conocerlo para devolverle su propio mal. Es lo que hace Perseo para matar a Medusa (usa un escudo brillante donde se refleje); lo que hace Teseo -el héroe que enfrenta al laberinto y su Minotauro- para matar a los monstruos que se presentan en su camino (los combate con sus propios poderes).

Traer lo futuro al presente; ponerle cara a lo desconocido; transformar lo incierto en certezas; luchar con las propias armas del mal. Esa es la respuesta mitológica…

En mi vida, el miedo era un gran desconocido… casi una hipótesis…  hasta que fui papá. Desde el momento en que mi esposa quedó embarazada comenzaron los monstruos a poblar mi cabeza…

Mi primer miedo era que mi hija estuviese enferma, que tuviese problemas. Que algo ocurriera y yo no pudiera hacer nada.

Después, vino el miedo a perder el trabajo. ¿Podría mantener, económicamente, a una criatura que venía a este mundo absolutamente desvalida?

Las primeras noches de mis hijas en casa, no quería separarme de ellas. ¿Si les pasaba algo por la noche?

Fobos, el monstruo terrible del que hablaba al principio, era hijo del dios de la guerra y de una de las diosas del amor. En mi caso, el miedo también proviene de la enemistad que veo en el mundo y del amor que siento por mis hijas. De esa terrible confrontación entre el mal que veo y el amor que siento.

Y tuve que enfrentarlo… o, mejor dicho, enfrentarlos. Porque son muchos monstruos, cientos de monstruitos que hay que encarar de a uno.

La fórmula que usé y que hoy uso es la mitológica. Los traigo al presente. Los conozco. Los hago ciertos.

Así, por ejemplo, cuando tengo miedo a los posibles padecimientos de mis hijas, me planteo cada caso. Veo qué puedo prever y qué puedo esperar. Estoy más atento y le quito drama a la enfermedad. Dónde hay niños enfermos, hay padres que los cuidan y los aman. El mundo no se cae. Esos niños necesitan padres héroes. Requieren más cuidado y menos miedo.

Al temor de que se burlen de mis hijas en el colegio, del “bullying”, lo afronto preguntándoles por sus compañeros, conociéndolos, uno a uno.

El miedo al “grooming” o los acosos y peligros de internet ha hecho que conozca sus actividades en la web, que juegue y comparta con ellas, sentado detrás de la misma máquina.

Sin darme cuenta, de a poco, los miedos me van haciendo más responsable. Me enseñan a planificar, a prepararme, a confiar en Dios.

Fobos no me hizo huir; Medusa no me transformó en piedra. Todo lo contrario. Me acercaron a mis hijas, a sus vidas reales. Me están enseñando a amarlas de una forma más madura, como aman los papás.

 

 

“Santopoco es el seudónimo de un papá que es abogado y profesor
universitario. Está casado y tiene dos hijas. Le podés escribir a
gregorio.santopoco@gmail.com

Gregorio.santopoco@gmail.com