Paternidad emocional

 

Por Santopoco

 

Muchas civilizaciones antiguas separaban a los bebés de su papá. Las madres criaban a sus hijos, ayudadas por las abuelas del niño y otras mujeres, en habitaciones o estancias apartadas. En Grecia, por ejemplo, ese recinto se llamaba gineceo y los pequeños se quedaban allí hasta que cumplieran cinco o seis años. Hasta entonces, la familia entera se reunía en contadas ocasiones, para ceremonias privadas o actos públicos.

 

Siempre creí que eso era una forma de machismo, una especie de segregación decidida por los hombres de la casa. Siempre… hasta que nació mi primera hija.  Desde ese momento pienso que, quizás, fue una idea de mujeres, cansadas de las torpezas de sus maridos.

 

Mi abuela decía que el cordón umblical se volvía invisible luego del nacimiento, pero nunca se cortaba. Lo describía como una especie de conexión inalámbrica entre la madre y sus hijos. Una conexión que le permitía saber qué le pasaba, que sentía, que temía, que necesitaba, cada uno de sus hijos. Una conexión que le impedía dormir de manera profunda por el resto de su vida.

 

En mi caso, pensé que conmigo pasaría lo mismo. De niño, soñaba con ser padre. De joven, creía que me preparaba para ello. Pero, tras el primer nacimiento vino el primer desconcierto.

 

Les cuento un ejemplo de mi primera noche. Mi hija estaba recién nacida. Mi mujer, dolorida y sin poder hablar a causa de la cesárea. Mi suegra insistía en acompañarla, pero me quedé con ellas -con mi esposa y mi hija- en el Sanatorio.

 

Mi tarea era sencilla. Calmar a mi hija cuando llorara. Llevarla cada hora con su madre y cambiarla cuando se ensuciara.  Podía dormir en los intervalos.

 

Desperté renovado… rodeado por almohadas, almohadones y todo tipo de objetos que me tiró mi esposa desde su cama para despertarme.  Nunca supe cómo solucionaron mi falta de desempeño. Ni las enfermeras, ni las doctoras, ni mi esposa me dirigieron la palabra esa mañana. La noche siguiente me reemplazó mi suegra (que había venido desde Italia para el parto). Se quedó varios meses…

 

Estos primeros once años de paternidad me enseñaron que esa conexión, esa percepción, los hombres no la tenemos de manera innata. Por eso, de la misma forma que se habla de inteligencia emocional, como una cualidad intelectual que nos permite conocer lo que quiere, lo que necesita, lo que siente el otro, empecé a intentar ejercitar una habilidad semejante como padre y esposo de una madre, que me permita conectarme esencialmente con mis hijas y me ayude a entender la maternidad de mi esposa. Yo lo llamo paternidad emocional. Estoy practicando. Después les cuento cómo me va.

 

Santopoco es el seudónimo de un papá que prefiere escribir desde el anonimato. Está casado y es papá de dos mujeres. Le podés escribir a Gregorio.santopoco@gmail.com