“Tener un hijo prematuro es una experiencia que solo otra mamá que haya pasado por lo mismo puede entenderlo”

Ana Graham es mamá de tres, dos de ellas son mellizas y estuvieron en neo.

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“Rompí bolsa en la semana 32”

“Era un domingo de Agosto hace dos años. Estaba en el cumple de una amiga, me levanté de la mesa en donde estaba comiendo unas cosas riquísimas y ahí mismo, entre sus amigas, rompí bolsa. Estaba en la semana 32 de un embarazo gemelar. Fue uno de los momentos de mayor miedo e incertidumbre de mi vida. Lo llamé a mi obstetra, que me contuvo y me dio mucha tranquilidad.

Fui a la guardia en el auto del marido de mi amiga, pasando semáforos en rojo y pañuelo blanco por la ventana. Confirmaron la rotura de bolsa. Gracias a Dios, las bebas tenían buen peso, no había sufrimiento y no había perdido tanto líquido. Así que me dijeron que me quedaba internada hasta que nacieran.

“¿Qué? ¿Cómo? Pero tengo mil cosas para hacer en casa. Tengo que preparar el cumple de 2 años de Ema (mi hija mayor)”. Mi médico fue tajante: “Si. Te quedas empollando. En este momento no hay nada más importante. Cuanto más tiempo estén adentro, menos tiempo en Neo”. Está claro que no necesité que me dijeran nada más.

Diez días después nacían Sofía e Isabel.

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“Pasaron 21 días en Neo”

Fueron horas y horas sentados al lado de nuestras bebitas, mínimas, pero tan grandes y luchadoras a la vez. Horas y horas esperando que nos dijeran que subieron 10 grs. y la ilusión que eso nos daba. Porque cada gramo que sumaban, era un gramo más cerca de la vuelta a casa. Sin ánimo de ser sectaria, solo quien pasó por Neo sabe lo que significan 10 grs… para arriba, o para abajo.

Conocimos papás y mamás que hacía semanas –y cuando digo semanas, son muuuuuchas semanas-, que estaban ahí, con bebitos con patologías mucho más complejas que nuestras chicas, otros que habían nacido con 800/900 grs. Papás y mamás con una entereza y fortaleza admirable, que no bajaban los brazos ni perdían las esperanzas.

Y entre todos, ellos y nosotros, formamos una comunidad donde no teníamos nombres, si no que éramos “La Mamá De…” o “El Papá De…” y nos alegrábamos con cada alta, cada avance y nos entristecíamos si había algún paso para atrás.

Las que lo pasábamos peor éramos las que teníamos más hijos. Porque nos sentíamos totalmente divididas. Nuestros hijos en Neo nos necesitaban, pero también los que se quedaban en casa. Ema estaba rodeada de mucho amor, pero tenía solo 2 años y también necesitaba a su mamá.

En Neo crecimos todos. Las chicas en tamaño y peso, y nosotros como personas por lo que nos enriquecimos con esta experiencia. Aprendimos de la garra, perseverancia y valentía de las mellizas, pero Ema también nos enseñó un montón: con su paciencia, amor y entereza a lo largo de todo este camino”.